Un equipo de rescate desaloja a una mujer tras los ataques rusos de ayer sobre Sumy.

Un equipo de rescate desaloja a una mujer tras los ataques rusos de ayer sobre Sumy. Reuters

Europa

Putin responde a las buenas palabras de la Casa Blanca a Rusia con el bombardeo de hospitales y escuelas en Ucrania

Zelenski asegura en la revista Time que la propaganda rusa "se ha colado en la Casa Blanca". Las palabras de Witkoff y Vance de estos últimos días parecen mostrar que el presidente ucraniano lleva razón.

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Steve Witkoff, aparte de enviado especial de la Casa Blanca para Oriente Próximo, es un multimillonario de la construcción y compañero habitual de Donald Trump en los campos de golf de Mar-A-Lago. En sus 68 años, nunca había ocupado un puesto público y mucho menos había ejercido de diplomático.

Sin embargo, tras su aparente éxito en Gaza, cuando consiguió cerrar la tregua que la administración Biden llevaba meses labrando, el nuevo presidente decidió encargarle también el trabajo de la paz en Ucrania, con repetidas visitas al Kremlin para reunirse con Vladimir Putin y otros altos cargos.

En principio, ese papel le estaba reservado al general Kellogg, pero Kellogg tenía un problema: buscaba una paz justa. Eso no gustó nada en Moscú, como no gustó que su hija dirigiera una compañía de ayuda humanitaria para refugiados ucranianos. Putin no tardó en vetarlo y su cometido ha quedado prácticamente en nada: una reunión con Zelenski en Kiev tras la que no hubo ni rueda de prensa y muy poco más.

Witkoff, en cambio, sí que gusta. Ha asumido todas las tesis del Kremlin, justifica la invasión de Ucrania en cada entrevista televisada e incluso asegura que Putin “no es un mal tipo” cuando habla con Tucker Carlson, otro prorruso de la órbita de Trump.

Probablemente, Witkoff, junto a Rubio y Waltz, sean los encargados de buscar el alto el fuego en la nueva ronda de negociaciones en Arabia Saudí que comenzó este lunes.. Probablemente, no lo consiga. O, como él mismo confiesa respecto a su acuerdo con Hamás, “le engañen”.

Putin y Hitler

Las palabras de Witkoff, acompañadas por una nueva diatriba antieuropeísta de J.D. Vance este domingo, han sentado muy mal en Ucrania. Nadie acaba de entender el afán por negar los hechos: este lunes, hubo un nuevo ataque nocturno de drones por parte de Rusia contra objetivos civiles en Sumy. Se habla de unos cincuenta heridos, de los cuales más de una decena serían niños. ¿Cómo se puede negar la agresión original o incluso justificarla y hablar de “deseo de paz” por parte de un país que no deja de atacar a su vecino?

El presidente ucraniano Volodimir Zelenski, en entrevista a la revista Time y en concreto a uno de sus periodistas más afines, Simon Shuster, recordó algunas de las mentiras de Putin que han sido después repetidas públicamente por Trump, como los miles de soldados ucranianos que estaban rodeados en Kursk y solo dependían de la clemencia rusa.

La situación, como ya explicó EL ESPAÑOL nunca fue tan desesperada. De hecho, la retirada fue relativamente ordenada y con muy pocas bajas. Tanto, que estos días se está planteando una operación similar en Belgorod, donde Ucrania ya controla algunas ciudades fronterizas.

Según Zelenski, el problema es que “la propaganda rusa se ha colado entre algunos altos cargos de la Casa Blanca”. O se ha colado ahora o se coló en su día y no se ha terminado de ir. Otra opción, por supuesto, es que negar los hechos tenga un beneficio oculto que desconocemos. Putin siempre ha tenido fama de pagar muy bien a sus propagandistas.

Asimismo, en referencia a la oferta de Trump de reaceptar a Rusia en el G7, el presidente ucraniano declaró que “esa es una cesión enorme. Como liberar a Hitler de su aislamiento político”.

Rusia no avanza

En cualquier caso, Zelenski confía en que Trump se dé cuenta tarde o temprano de que Rusia no es tan fuerte como dice ser. Que, de alguna manera, pierda el miedo. Un miedo reverencial que ve a la Rusia de Putin como una continuidad de la URSS de Stalin: la potencia nuclear que puede llevar al mundo a su extinción y con la que hay que mantener unos mínimos diplomáticos. No es el caso. Rusia sigue siendo una gran potencia, pero difícilmente se la puede calificar de la segunda mayor potencia del mundo, no desde luego en lo militar.

Porque lo cierto es que, una vez recuperado el terreno perdido en Kursk, Rusia sigue sin avanzar apenas en el frente. Lleva así prácticamente un año. Las batallas siguen en los alrededores de Pokrovsk sin que los ucranianos pierdan pie.

Los objetivos de Sloviansk y Kramatorsk siguen quedando tan lejos como hace tres años. De las capitales de Zaporiyia o Jersón, ya ni hablamos. Incluso sin la ayuda estadounidense, Ucrania tiene suficientes hombres y medios para defenderse durante lustros en una guerra convencional.

Pese a todo, Putin ha conseguido convencer a Trump, a Vance y a Witkoff de que, cederle todo el terreno que ha sido incapaz de conquistar por las armas, es el mínimo aceptable. Y que además se lo merece, porque, vaya, en esas provincias se habla ruso.

Como alguien comentaba en X, el argumento convertía a Witkoff en un británico por hablar inglés. Sin hechos sobre los que coincidir, la diplomacia se hace muy difícil. Tal vez ese sea el problema: que Trump tiene prisa. Que le es más fácil apoyar al que él cree más fuerte que meterse en líos por apoyar al débil.

Puede que tanto Witkoff como él hayan triunfado en el mundo de los negocios de esa manera, arrasando con todo. Las guerras reales, sin embargo, son harina de otro costal. Requieren de tiempo, de paciencia y de entendimiento de la situación. Algo de distancia y algo de pisar el terreno.

Todos los líderes democráticos han pasado por Kiev en algún momento. Trump ni se ha acercado. Tampoco lo ha hecho Vance, por supuesto, que calificó de “giras de propaganda” esas visitas. Pensar que todo se puede solucionar en una suite de un hotel de Arabia Saudí, como el que cierra el contrato para una nueva Trump Tower, resulta demasiado optimista, pero, en fin, veremos hasta dónde se llega.