Luisgé Martín.

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Columnas DESÓRDENES

6 razones por las que no soy una mala feminista por defender la publicación de 'El odio', el libro de Luisgé sobre Bretón

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Todo esto es tan ridículo. Es tan cansado. Anagrama ha paralizado temporalmente la publicación de El odio, de Luisgé Martín, el libro sobre José Bretón en el que confiesa el asesinato de sus hijos, porque la madre de los críos, Ruth Ortiz, ha denunciado que vulnera su derecho al honor.

1. En primer lugar, estoy convencida de que el honor de Ruth Ortiz no puede ser menoscabado, de ninguna manera, por nada que pueda escribirse en ese u otro libro. Ella tiene todo nuestro respeto y toda nuestra compasión. Su dignidad es toda y no puede ser lesionada.

Existe un consenso social apabullante. El desprecio por el asesino de sus criaturas es unánime y aquello que pudiese decir para herirla no goza de ningún crédito. Sabemos quién es. Pero el caso es público. El juicio fue público. La sentencia es pública. Y las reflexiones posteriores (como ésta, acerca de la anatomía del mal) también tienen derecho a ser públicas.

José Bretón, durante el juicio.

José Bretón, durante el juicio.

2. Es duro entender que nuestra vida no es sólo nuestra, sino también de la gente siniestra o hermosa con la que la hemos compartido. Es duro asumir que no tenemos el control total sobre el relato. Se siente uno desamparado y enormemente vulnerable. Ruth Ortiz muy especialmente en este caso, pero también todos los demás. Sólo tenemos derecho a defendernos de lo que ya se ha dicho de nosotros. Pero en ningún caso tenemos derecho a vetar preventivamente lo que otro puede decir. Es un hecho noticioso que Bretón confiese por primera vez sus crímenes. Tiene interés periodístico. Tiene relevancia.

3. ¿Se puede entrevistar a un asesino? Sí. Se puede y se debe si no somos timoratos, pusilánimes, infantiles, cursis, pacatos, cerriles o biempensantes, si no somos tan núbiles ni tan vanidosos como para pensar que la vida se ciñe, en algún caso, a nuestros deseos, que la existencia es dulce y personalizada, que el mal no existe y se expresa por igual miremos o no en esa dirección.

En este barrido cultural de todo lo inquietante, acabaremos por pensar que no hay nada inquietante en la vida. Pero el horror siempre sale, por un lado o por otro, y con más fuerza quizá si nos empeñamos en enterrarlo y nos pilla cogiendo flores. Esto es ser adulto. Esto es espabilar. Claro que es desagradable la ruptura de la crisálida. Claro que se estaba más calentito dentro.

Entiendo que hay que vivir alerta, de forma consciente, y estar preparados para lo que hay. Y para lo que venga. ¿Qué sentido tiene tratar de mutilar los aspectos perversos o crueles del mundo? Todo lo que exista puede y debe ser contado (pienso ahora en la estupenda entrevista de Ángeles Escrivá en El Mundo al carnicero de Mondragón, tan polémica en su día, cuya publicación siempre defendí). Yo he venido aquí para intentar comprenderlo todo.

Si a uno le interesa la vida, debe querer ir más allá del tópico del asesino, del arquetipo, del lugar común. Es más fácil caricaturizar a Bretón: lo difícil es entender que no es un monstruo (esta mitología, muy pintona, al final diluye responsabilidades y subraya una excepcionalidad), sino un hombre, y que es eso, precisamente eso, lo más vil y aterrador.

Ahora bien: habrá que leer el libro con pensamiento crítico. No se puede escuchar al asesino sin sospechar permanentemente de él. Habla un manipulador profesional. Habla un mentiroso. Habla un parricida. Yo cuento con la inteligencia del lector para separar el grano de la paja y rescatar, de entre la baba sádica de Bretón, algún rayo de verdad.

Me alucina que una ministra de Igualdad como Ana Redondo, que es doctora en Derecho Constitucional (una de estas cosas inexplicables, dado que nunca ha parecido muy lista) diga que "no se puede dar voz a los asesinos ni a quienes han quitado la vida a sus hijos". ¿Qué es esto? Todo el mundo tiene voz y tiene derecho a usarla: bienvenida a la democracia, Ana. Una feminista, ante todo, tiene que defender los derechos humanos.

Tampoco puedo estar de acuerdo con las declaraciones de la madre de Gabriel Cruz, que esgrime que no se puede escuchar a nadie que esté en prisión. Comprendiendo y abrazando su dolor, asumiendo que el horror radicaliza, no tiene ningún sentido acallar los testimonios de los presos de ningún tipo. Pienso ahora en la histórica entrevista de Pedro J. Ramírez a Bárcenas en la cárcel. El silenciamiento es una pena extralimitante, añadida.

La censura siempre es reaccionaria. Es reaccionario prohibir que un libro se publique y que un preso hable, siempre y en todo caso, pero, además, lo segundo revienta las bases de un sistema penal como el nuestro, basado en la reinserción. Me cuesta entender a las feministas (que son vanguardia, progresismo y mirada fresca hacia el futuro) defendiendo este veto. Nunca han hecho nada más carca.

4. ¿Este libro revictimiza a la madre? Es muy probable. Pero no existe, por desgracia, un derecho a no sufrir. Es una tarea inacabable consolar jurídicamente a las personas que legítimamente se sienten heridas. Ese no es un trabajo de la justicia, sino de la sociedad.

¿Han hecho lo posible la editorial y el autor para que este proceso fuera limpio, generoso y atento con Ruth Ortiz? No. Ella se enteró de esta publicación por la prensa, lo cual es una auténtica vergüenza, un gesto de una bajeza sonrojante. ¿Este error debe saldarse frenando la salida del libro? Pues hombre, no, pero oscurece nuestra percepción de los implicados en el producto.

5. Al ponderar derechos, el derecho a la libertad de expresión (y a la creación de obra literaria) ha de estar por encima siempre de ningún otro. Esta tensión hacia lo incómodo es importante: nos hace entender que eliminar lo que no nos gusta es sólo fascismo.

Al cabo, esto es lo que hacen los escritores, sobre todo los buenos: llevar las cosas lejos, explorar los límites, si no estirarlos.

Luisgé siempre ha caminado hacia esos barros. Lo hizo en Amor puro, donde te preguntaba si te dejarías practicar sexo oral por tu mejor amigo por caridad. O en Amante del sexo busca pareja morbosa, cuando escribió anuncios por palabras en periódicos y revistas buscando a alguien que le convenciese epistolarmente de follar con él. O en Mujer de sombra, un libro muy arriesgado sobre sadomasoquismo que también trata las perversiones eróticas con niños.

6. ¿Ha pagado Anagrama o Luisgé Martín a José Bretón para que hable? Seguramente nunca lo sabremos, pero eso me parecería altamente bajo y detestable. Condenable. Cualquier testimonio extirpado dinero mediante maneja una trampa colosal y pervierte el relato (hay tanta gente dispuesta a cantar la Traviata, o a inventársela, a cambio de tres perras...).

¿Bretón hace esto para seguir haciéndole daño a esa pobre madre? Por supuesto.

¿Cómo hace sentir eso a Luisgé, ha podido pasar por encima de esa idea éticamente, duerme bien? Él sabrá.

¿Se van a lucrar autor y editorial? Locamente.

¿Van a donar la pasta? No tiene pinta.

¿Tienen que hacerlo? No.

¿Sería decente que lo hicieran? Sí.

¿El mayor desprecio a un libro es no comprarlo y así no participar de esta rueda? Claro.

¿El capitalismo está haciendo palmas con esta polémica? Ninguna duda.

¿Todo esto sigue siendo relevante, pero menos relevante que el derecho a la libertad de expresión? Definitivamente.