Participantes del experimento de la prisión de Stanford con el papel de prisioneros.

Participantes del experimento de la prisión de Stanford con el papel de prisioneros.

Salud

Piden retractar el famoso estudio de 1971 que encerró a 24 estudiantes en una 'cárcel': "Hoy no podría hacerse en Europa"

El experimento de la prisión de Stanford se propuso averiguar por qué los humanos somos capaces de deshumanizar al prójimo y cometer actos sádicos.

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¿Por qué los seres humanos son capaces de perpetrar los actos más sádicos contra sus propios compañeros de especie? Con la intención de responder a esta pregunta, el profesor Philip Zimbardo, de la Universidad de Stanford en Estados Unidos, realizó un polémico estudio en el departamento de Psicología en agosto de 1971. El trabajo, que se conoció como el experimento de la prisión de Stanford, le hizo famoso en poco tiempo.

Zimbardo simuló una cárcel que pobló con 24 alumnos, a una mitad le pidió que hiciera de guardias y a la otra, de prisioneros. Todos ellos recibían 15 dólares por cada día que durase el experimento: los guardias se turnaban para vigilar a los prisioneros, que se instalaron en celdas falsas del sótano de la facultad. Supuestamente, esta posición de poder llevó a los guardias al poco tiempo a mostrarse violentos con los presos

Por supuesto, este hecho real ha sido material para libros y películas. En 2001 se estrenó la película alemana El experimento, basada en el libro Black Box de Mario Giordano, y en 2010 llegó a los cines el remake de Hollywood. Otra cinta del año 2015, conocida como Experimento en la prisión de Stanford volvió a hablar de los eventos de este estudio. Si bien las primeras estaban inspiradas, la última se basó en los hechos reales del estudio.

Mala metodología

"El estudio es interesante, pero fue polémico desde el comienzo. Tanto por su contenido como por su metodología", explica Ángel Longueira, doctor en Filosofía y consultor de Ciencias del Comportamiento en Beway. Ahora un artículo publicado en Retraction Watch se pregunta si debería retractarse este estudio ante las críticas que muchos investigadores han repetido durante décadas. Este artículo las expone y pide una reflexión.

Longueira dice que desde el principio se criticó que la metodología no fue suficientemente escrupulosa: "Se cuestionó si los autores trasladaron a los sujetos lo que querían demostrar cuando se pusieron en contacto con ellos en las fases previas. Esto pudo afectar de forma negativa a la validez del trabajo". En este sentido, una de las mayores críticas a este experimento de la prisión de Stanford se publicó en inglés el año pasado, aunque su versión original francesa es de 2018.

El investigador francés Thibault Le Texier es el autor del libro Investigando el experimento de la prisión de Stanford: Historia de una mentira que publica Springer Nature. En él, expresa: "Mi entusiasmo dio paso al escepticismo y el escepticismo a la indignación cuando descubrí lo que había bajo el estudio y las evidencias de su manipulación". Le Texier asegura que la violencia que mostraron los guardias no fue espontánea.

"Parece que se comportaron de manera sádica más influenciados por las directrices de los autores que por el contexto de la prisión que habían montado", señala Longueira. Al estudio no le faltó parafernalia: los prisioneros fueron arrestados en casa, se les puso una cinta en los ojos y después en la cárcel llevaron uniformes y una malla en la cabeza con la que simulaban que estuviera rapada, los guardias fueron armados con material antidisturbios.

Le Texier denuncia que en el experimento se permitieron graves abusos contra los que representaron el papel de prisioneros y que la dominancia de los guardias fue exigida. "El experimento fue muy mediático desde el principio. Zimbardo se encargó de trasladar los resultados a los medios de comunicación incluso antes de que fuese validado por alguna revista académica", cuenta Longueira.

A pesar de las críticas, el experimento de la prisión de Stanford sigue siendo un contenido habitual en la carrera de Psicología. "Aunque metodológicamente sea un desastre, esto no significa que este estudio no sea interesante. Pero lo interesante ahora no es lo que sucedió con los guardias y los prisioneros, sino precisamente cómo se llevó a cabo el experimento. Sí, este experimento sigue formando parte del temario de Psicología Social, pero pienso que de una manera un poco crítica", señala Longueira. 

Tras la retractación

¿Qué implicaría la retractación de este estudio? "La retractación es complicada. La revista donde se publicó ya no existe, no hay nadie que pueda asumir la responsabilidad de haber publicado algo que no se ajusta a ciertos estándares académicos o científicos. Tendría un carácter simbólico y serviría para subrayar que a la hora de realizar experimentos en humanos el equipo investigador puede contaminarlo con una mala planificación", explica Longueira.

Philip Zimbardo murió hace apenas cinco meses, ha enseñado durante 50 años en la Universidad de Stanford y fue considerado una voz autorizada en conversaciones sobre políticas de justicia criminal. "Hacer un estudio como este hoy en una universidad de Europa o de Estados Unidos es imposible, no pasaría los criterios de ningún comité de ética", asegura Longueira. "Sin embargo, en los reality shows de la televisión vemos hoy cosas que no se alejan demasiado: personas vigiladas en condiciones muy duras".

En la época en la que se realizó el estudio existía un gran interés por explicar cómo una sociedad culta como la Alemania de principios de siglo XX había permitido la violencia de los nazis en los campos de concentración. "Las conclusiones del experimento de Stanford probablemente sean ciertas, a pesar de que la metodología fuese mala. El ser humano tiene la capacidad de deshumanizar al prójimo y lo vemos en situaciones de guerra", explica Longueira.

"En la Alemania nazi hubo quien colaboró y quien guardó silencio. Hoy vemos un caso similar en Gaza, donde se están vulnerando los derechos humanos todos los días. No sólo se trata de los bombardeos, sino de todos los gobiernos que tienen que callar para que esto sea posible", dice Longueira.