Tengo una costumbre cinéfila (no sé hasta qué punto es sana), que consiste en volver a ver anualmente unas películas que son punto de referencia en mi vida. Vamos, lo que los modernos llamarían “revisar” y los pedantes “revisitar”. Esa vuelta al eje central de nuestra forma de ver la realidad reconforta y, muy especialmente, tranquiliza ante un mundo actualmente difícil de descifrar.
Pues bien, en una de esos reencuentros, en concreto con la película “La notte” (1961), de Michelangelo Antonioni, me reafirmé en una creencia vastamente tratada por los intelectuales a lo largo de la historia, pero que cada vez tiene menos importancia en nuestra vida: el arte de caminar.
Aquí no me refiero al acto de andar descontroladamente, a velocidad trepidante, y con el único objetivo de llegar a un destino. Tampoco, al hecho de realizar esta actividad como una forma de mantenerse sano o bien intentar ilusamente “tener una buena figura”. No. Me refiero a caminar como la acción física cuyo fin es perderse, explorar el espacio, refugiarse en el pensamiento y descubrirse a uno mismo.
En “La notte”, Lidia, interpretada magníficamente por Jeanne Moreau, es la rica esposa de un escritor con una clara crisis existencial, que determina su pobre relación amorosa. Ante esos problemas, Lidia no se queda parada. Tampoco huye. Ella camina, explora, vaga sin rumbo por unas calles rodeadas de grandes edificios que oprimen y empequeñecen. Busca sin querer encontrar y acepta el silencio ante todas las preguntas. En definitiva, Lidia se pierde para descubrirse. Experimenta. Vive.
“Revisitar” esta clásica película italiana me hace cuestionarme hasta qué punto nuestros viajes están dirigidos y de qué manera nos hemos convertido en autómatas necesitados de respuestas claras y evidentes. ¿Dónde queda el cuestionamiento? ¿Cómo entender la confusión en la que vivimos? Pues quizás se encuentre en una vuelta al caminar.
Henry David Thoreau, en su magnífica obra “El arte de caminar”, lo expresaba con suficiente lucidez: “Hay un camino correcto; pero somos muy propensos, por descuido y estupidez, a tomar el equivocado. Nos gustaría tomar esa caminata, aún no realizada por nosotros a través de este mundo actual, que es perfectamente simbólica del camino que amamos recorrer en el mundo interior e ideal; y a veces, sin duda, encontramos difícil elegir nuestra dirección, porque aún no existe claramente en nuestra idea”.
Tal vez el cine nos sirva como brújula de claridad. Caminar es bello, pero, ¿y ver caminar a alguien? Los enamorados de “Antes del amanecer”, los resignados de las películas de Philippe Garrel, las existenciales travesías de los protagonistas de Béla Tarr o los intelectuales y vivaces paseos de Woody Allen. Sus pasos marcan el ritmo, las emociones se desnudan en silencio, la cadencia determina la búsqueda y el tránsito visibiliza el destino final. Caminos que son espejos de nuestras dudas y que, valientemente, nos marcan el rumbo de la libertad.
¿A dónde se dirigían Charles Chaplin y Paulette Godard en el final de “Tiempos modernos”? Nunca lo sabremos. Un bello amanecer, unos brazos entrecruzados, dos espaldas y una carretera solitaria. Nada claro, pero tal y como expresaba el diálogo final de esta película, y que podría aplicarse claramente al arte de caminar y de la vida: “¿De qué sirve intentarlo? Ánimo, no te rindas. Nos las arreglaremos”. Eso sí, hazlo sonriendo.