María Teresa, 80 años, en el canal de @jire4.

María Teresa, 80 años, en el canal de @jire4.

Sociedad

María Teresa, 80 años, viuda y jubilada: “Comparto piso con estudiantes porque mi pensión no me da para vivir”

María Teresa vive en una situación de precariedad al recibir una pensión muy inferior a la necesaria para llevar una vida digna.

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La jubilación, en el imaginario colectivo, representa el momento de descanso después de décadas de esfuerzo. Una etapa en la que, por fin, se puede vivir con calma, disfrutar de los años dorados y sentirse respaldado por un sistema que premia una vida laboral.

Sin embargo, esta visión idílica dista mucho de la realidad de muchas personas mayores en España. Para algunos, jubilarse no significa tranquilidad, sino incertidumbre. Y en muchos casos, precariedad.

La situación de María Teresa, una mujer de 80 años que vive en Barcelona, ilustra con crudeza cómo el sistema falla a quienes más lo necesitan. Es viuda, vive sola y cobra una pensión muy por debajo del Salario Mínimo Interprofesional (SMI)

Entre la supervivencia y la resistencia

“Cobro 840 euros de pensión y pago 1.200 de alquiler”, cuenta María Teresa en una entrevista en el canal de YouTube de @jire4, resumiendo a la perfección el sinsentido de un sistema que, se supone, debería garantizar una vida digna tras la jubilación.

Con una pensión que no alcanza ni para cubrir el alquiler, María Teresa vive al límite. Y aun así, intenta encontrar pequeñas cosas que le aporten felicidad: caminar con sus amigas o hacer ejercicio.

“El único lujo que me puedo permitir es ir al gimnasio a hacer aquagym porque está subvencionado y pago 16 euros”, comenta con una mezcla de resignación y gratitud.

Consciente de que sus ingresos no bastan, ha tenido que recurrir a soluciones que la ponen en una situación aún más vulnerable: alquilar habitaciones en su piso.

“Si no fuera porque puedo tener en casa dos chicas universitarias, no podría sobrevivir”, admite.

De igual forma, según comenta, no puede hacerles contrato, ya que su alquiler no lo permite legalmente. “Estoy insegura porque no puedo alquilar esas habitaciones a estudiantes, ya que está prohibido”, lamenta.

Un pasado que pesa 

Aunque María Teresa empezó a trabajar a los 17 años, solo llegó a cotizar 11. Durante mucho tiempo aceptó empleos en los que no estaba dada de alta en la Seguridad Social, una práctica común en su época que, si bien le ofrecía unos euros extra en el momento, la dejó desprotegida de cara al futuro.

“En aquella época, si te ajustabas un poco más con el sueldo, no te daban de alta en la seguridad social. Para ir trampeando más, me convenía ganar un poco más y me daba igual”, explica.

Hoy, con el paso del tiempo y la llegada de la jubilación, asume su parte de responsabilidad: “No pensaba en la jubilación, no pensaba en el mañana y ahora ha llegado”.

Además, según comenta, la subida del coste de la vida no ha hecho más que agravar su situación. “Es horroroso sobrevivir con todos los impuestos y gastos, y la comida está carísima. He dejado de comer pescado”, explica con la naturalidad de quien ha tenido que acostumbrarse a prescindir de lo básico.

Una vejez digna

Más allá de su caso particular, María Teresa quiere poner voz a quienes no la tienen. No busca lástima, sino justicia. “Me gustaría tener un amparo por la edad que tengo para sobrevivir”, reclama. “No puedo sobrevivir de otra manera. No tengo otros ingresos”.

El suyo no es un caso aislado, sino un reflejo de una realidad cada vez más común entre personas mayores que, a pesar de haber trabajado toda su vida, llegan a la vejez sin recursos suficientes.

La base reguladora, los años cotizados y la edad de jubilación son factores determinantes a la hora de calcular una pensión. Pero cuando estos números no cuadran, el resultado puede ser tan duro como el que vive María Teresa.

Antes de terminar, lanza un mensaje directo a quienes toman decisiones: que dejen los privilegios a un lado y empiecen a mirar por la gente. “Que se establezcan salarios dignos en lugar de sueldos desorbitados”, exige.