Foto: Nuria Prieto

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La junta provincial de Protección de Menores de A Coruña, una obra de Manuel Andrés Reboredo

El edificio de la Junta Provincial de Menores es un edificio que contrasta con su entorno. Situado sobre otra edificación existente, el arquitecto Manuel Andrés Reboredo construye una obra monumental con un criterio entre lo vernáculo y el lenguaje escurialense propio de la dictadura

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Una casa es una figura emocionalmente antropomórfica. Cuando la casa es habitada comienza siendo percibida como escenario, solo un soporte en el que tiene lugar la vida. Pero poco a poco, de forma inconsciente, el ser humano hace un ejercicio de ocupación en el que extiende su identidad al espacio que habita. Frente a ese “mundo que es independiente de mi voluntad” formulado por Ludwig Wittgenstein (Tractatus Logico-Philosophicus, 1921), la soledad se sobrevendría como una pesadilla que disociaría al ser humano de la realidad, obligándole a escapar de un lugar a otro siguiendo la definición de la Grecia clásica interpretada por Carl Gustav Jung: “Los antiguos griegos decían phobos, miedo, en lugar de odio. Decían que la primera cosa nacida había sido o bien eros o bien phobos. Unos decían que eros y otros que phobos, según sus temperamentos. Hay optimistas que dicen que lo real es el amor, y pesimistas que dicen que lo real es phobos. Phobos separa más que el odio, porque el miedo obliga a escapar, a irse del lugar del peligro” (La psicología del yoga Kundalin, 1996). Sin embargo, la acción de rodearse de cosas próximas que derivan directamente de la personalidad, es un gesto humano que busca transformar un espacio en un hogar siguiendo la definición que Mario Benedetti hacía de la vivienda “no es sólo un bien inmobiliario, es también una forma de consolidación espiritual.”.

Proyectar una casa es uno de los ejercicios más complejos para un arquitecto. El programa de la casa, aparentemente sencillo ya que responde a parámetros inicialmente universales, constituye en realidad un proceso de descubrimiento en el que el espacio se transforma en una atmósfera maleable. La casa, en tanto que extensión del propio ser humano, está compuesta de un conjunto de deseos que se materializan poco a poco mediante materiales mundanos, es decir, las emociones o lo aspiracional se hace real a través de la decisión. Con cada afirmación o negación sobre las decisiones de proyecto se van formando restricciones que dan forma a la casa, pero también la acotan y someten.

En el cuento "Historia de los dos reyes y los dos laberintos" de Jorge Luis Borges, el escritor plantea una interesante tesis en la que explica que es posible salir de un laberinto con muros, por complejo que sea, sin embargo "...donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías por recorrer, ni muros que te veden el paso.", es decir, el desierto puro y abierto, resulta imposible salir porque la muerte estará más cerca que alcanzar la salida. La ausencia de límites es aún más peligrosa que su existencia, por difíciles que estos sean, al final se configuran como apoyos que, con trabajo, se flexibilizan y moldean hasta construir un proyecto, una posibilidad y un espacio en el que habitar.

Foto: Nuria Prieto

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A veces, la casa introduce un matiz particular, ya que no siempre es un sencillo conjunto de habitaciones y espacios comunes, sino que incorporan requerimientos singulares. Hay viviendas como la Casa Corberó que mezclaban el taller del artista con su propio espacio vital, otras como el Rascainfiernos que es una forma de habitar el lugar desde el interior de la tierra y otras como La Ricarda, que representa el arquetipo de un hogar familiar activo y dinámico. Dibujar la idea de hogar es, a veces un trabajo de exploración de los límites de la dignidad humana y sus extremos. Los mínimos y los máximos de una vivienda han sido objeto de numerosos estudios a lo largo de la historia de la arquitectura desde las formulaciones del ‘Existenz minimun’ a las investigaciones en torno a la ocupación de espacios industriales o de escala desproporcionada y su relación con el cuerpo humano.

La relación escalar entre cuerpo y espacio constituye una mirada inicial, pero el estudio de las formas de habitar va más allá de lo estadístico o empírico, y se sitúa dentro de lo fenomenológico. La percepción de la habitabilidad reside no sólo en sus dimensiones, o en sus características cuantificables, sino también en aquellas que vibran dentro de los seres humanos provocando criterios y opiniones en torno a un lugar. Pero, cuando se desconoce quién habitará la casa, o cuando esta cambia de habitantes, también lo hace la relación de las personas con su espacio. Y es que quizás “una casa”, al margen de definiciones estrictas es, como enunciaba Antonio Gala “es el lugar donde uno es esperado”.

Quien habita la casa puede ser un individuo abstracto, alguien desconocido para el que el proyecto tiene que ser capaz de responder adecuadamente. “Según Jung: Cuando analizamos a la persona retiramos la máscara y descubrimos que lo que parecía individual es, en el fondo, colectivo; en otras palabras, que la persona era solo una máscara de la psique colectiva. Fundamentalmente, la persona no es nada real: es un convenio entre el individuo y la sociedad sobre aquello que el hombre debe parecer ser. Adopta un nombre, obtiene un título, ejerce una función, es esto o aquello. En cierto sentido todo ello es real, y sin embargo, en relación con la individualidad esencial de la persona en cuestión se trata solamente de una realidad secundaria, de un convenio en donde los demás tienen generalmente más influencia. La persona es una semblanza, una realidad bidimensional, por otorgarle un apodo.” (Jordan Peterson. Mapas de sentidos: La arquitectura de la creencia).

Foto: Nuria Prieto

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Una gran casa

En la primera mitad del siglo XX se consolida y ordena una tipología arquitectónica que hasta el momento se había construido con un cierto grado de improvisación. Las instituciones benéficas como los hospicios son tipologías situadas entre el colegio y la vivienda colectiva. La optimización del programa arquitectónico del hospicio se ha transformado a lo largo del siglo XX a medida que se transformaba la estructura de la sociedad. La educación, así como los cuidados y la vivienda son conceptos sometidos a un estado de crisis y reflexión constante en favor de su progreso y mejora. En A Coruña, una de estas instituciones es la Junta Provincial de Protección de Menores que hoy en día sigue en funcionamiento, pero, adaptada a la modernidad y la mirada contemporánea.

La junta provincial de Protección de Menores es un edificio proyectado y construido en 1951 por el arquitecto Manuel Andrés Reboredo López. Realmente la obra de Reboredo se constituye como ampliación sobre otro existente, pero la escala de su proyecto es tal que absorber el conjunto. Sin embargo, el edificio es un proyecto peculiar tanto en la adaptación del programa como en la estética que construye para el lugar. Reboredo plantea una un volumen de grandes dimensiones, con cinco plantas de gran altura entre forjados, al que se añade un gran espacio en el bajocubierta. El volumen presenta cierto desequilibrio compositivo que deriva, en gran medida, de las condiciones de la edificación previa. Este se articula en un cuerpo rotundo con cubierta a dos aguas del que emergen dos volúmenes de directriz vertical que se coronan con cubiertas a cuatro aguas con grandes aleros, lo que los convierte en pequeños torreones.

El edificio se articula en torno a un lienzo de fachada blanco sobre el que se impostan elementos pétreos de sillería. La jerarquía del edificio es confusa, si bien existe un criterio común a algunos elementos. Todos los huecos incorporan recercados pétreos independientemente de su dimensión, salvo los de la primera planta. Se utiliza este recurso como estrategia para señalar el hueco principal sobre la puerta de acceso, significando su posición. En la tercera planta, este recurso unifica las líneas de huecos de menor tamaño dibujando una galería. Este acabado se prolonga en los elementos tipo torre como acabado de la envolvente. Ambos torreones incorporaban escudos en su centro. Sobre el cuerpo principal un conjunto de cuatro columnas impostadas forma un balcón abierto. El edificio presenta un marcado estilo escurialense propio de la dictadura franquista, ya que el lenguaje de los edificios institucionales entonces estaba restringido por las directrices del régimen.

Funcionalmente, el edificio presenta una organización igualmente irregular ya que presenta dos accesos separados resultado de la adecuación del edificio original al programa moderno. Los cuerpos inferiores incorporan funciones comunes, mientras que las superiores albergan espacios privados o individuales. En la parte posterior se resuelve un espacio abierto como patio. El uso del edificio es, en realidad, una enorme casa pensada para una gran familia, por lo que los espacios privados mantienen una escala adecuada a sus habitantes, pero los comunes aumentan creando nuevas dinámicas.

Foto: Nuria Prieto

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Planta del edificio. Manuel Andrés Reboredo

Planta del edificio. Manuel Andrés Reboredo

El elemento más característico es el conjunto de las cubiertas que se disponen sobre los elementos tipo torre. Su morfología a cuatro aguas es común en la arquitectura vernácula, pero los enormes aleros con canecillos son muy singulares. Esta estética proporciona al edificio una imagen singular, pero también lo dota de monumentalidad. El marcado trazado de las cornisas genera una contradicción con la topografía inmediata y el desnivel posterior. Recientemente se realizaron algunas obras de adecuación incluyendo la retirada de algunos símbolos preconstitucionales.

Un lugar donde siempre se es esperado

El hogar es un hábitat común a todos los individuos, ya que sea como sea este, todos los seres humanos buscan contar con un lugar en el que refugiarse durante la noche y al que poder llamar casa. La reflexión sobre una vivienda habitada por muchos implica comenzar a pensar cómo se habitará ese lugar, cómo se compartirán los espacios comunes, y cómo funcionará dentro de esa domesticidad de gran escala.

“Comenzar a pensar es comenzar a estar minado. La sociedad no tiene mucho que ver con estos comienzos. El gusano se encuentra en el corazón del hombre. Allí hay que buscarlo. Es preciso seguir y comprender el juego moral que lleva de la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz.”. Albert Camus. El mito de Sísifo

Pensar sobre la vivienda es comenzar a horadar las diferentes formas de habitar de una sociedad. Pero conviene alejar el gusano que indica Albert Camus en favor comprender cómo es la existencia en la contemporaneidad, y cómo la composición de la sociedad, sus ritmos y sus formas de pensar son diferentes. Una casa es un hogar, un lugar donde siempre se es esperado.