
Arantxa Echevarría, directora de cine, desmiga en esta entrevistas las claves de la escritura y el rodaje de la película que ha triunfado en los Goya.
Arantxa Echevarría, directora de 'La infiltrada': "Me preocupan los jóvenes. En el colegio no les enseñan lo que fue ETA"
"Una revista 'abertzale' publicó la foto de la infiltrada y la dirección de casa de sus padres".
"Me obsesionaba que la película no molestara a las víctimas; si molesta a izquierda o derecha me da igual".
"Algunas mujeres cruzaban a Francia para dar auxilio sexual a los etarras".
El último largo de Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968) acaba de ganar el goya a la mejor pelílcula: "La infiltrada". Ahora que la resaca se ha disuelto, ahora que vamos en este tren de la bruja Madrid-San Sebastián, es momento de desmigar los detalles de un trabajo que se ha convertido en el más taquillero de la Historia del cine español dirigido por una mujer.
Este tren Madrid-San Sebastián es tan largo que nos va a dar tiempo a atravesar una y otra vez esa frontera tan interesante entre la biografía de la directora y la biografía de su película. Porque Echevarría creció en la Euskadi de los años del plomo y ese ambiente tan plomizo, tan pesado, con las caras de los terroristas colgando de las paredes como si fueran ídolos maradonianos... es también el ambiente en que arriesgó su vida la infiltrada.
Se llamaba Elena Tejada, alias "Arantxa" en el operativo. Estuvo en las entrañas del monstruo ocho años. Llegó a compartir piso con dos terroristas. Su misión culminó con la desarticulación del comando Donosti. Resucitan pronto en la conversación esas palabras que, por fortuna, desaparecieron de nuestro lenguaje habitual: desarticulación, comando, operativo. Van apareciendo igual que aparecen por la ventana ese verde oscuro, esa lluvia fina, esas montañas que se parten en dos para dejar paso a los vagones.
Arantxa se llama como le hicieron creer a ETA que se llamaba Elena. Una chica de Logroño que rompió con familia, amigos e ilusiones para arriesgarse a un tiro en la nuca. ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo se puede tomar una decisión así con 22 años? La entrevista va a ir dando vueltas en torno a ese interrogante, igual que ahora damos vueltas a España con este tren que parece que no va a llegar nunca.
Con el reconocimiento de Arantxa Echevarría ocurre como con esas novelas que terminan bien. Como con su propia peli, que termina bien. Es inevitable sentir una alegría enorme con este Goya cuando se conoce lo que hay detrás: una mujer que no dirigió hasta los cincuenta por miedo a arruinarse, una chavala que hacía de pitonisa en convenciones de guiris para poder pagarse el piso mientras trabajaba en el cine gratis, una señora ya adulta que creyó que había fracasado, que jamás haría un largo.
Se destapó con "Carmen y Lola", goya a la mejor directora novel con aquella historia de amor entre dos lesbianas gitanas. Volvió a optar a cuatro nominaciones con "Chinas", un relato sobre la integración de esta comunidad. Y ahora está en todas las pantallas con "La infiltrada", una historia que impresiona haya estado oculta tantos años.
A Arantxa, que tiene dos niños en el colegio, le sorprende –pero sobre todo le inquieta– lo que ocurre en los coloquios sobre la peli. Los jóvenes son los que más levantan la mano. Preguntan si de verdad lo de ETA fue tan duro, si no estaremos exagerando, si no fue aquello una lucha armada de idealistas. Hablamos mucho también de eso, de los chavales, de esa ignorancia en la que les sumen los planes de estudios.
Arantxa Echevarría pensaba en las víctimas cuando escribía. No quería "heroicidad" ni "poética" hacia ETA. Quería esa imagen "rotunda", quería reflejar esa impunidad, el tiro en la nuca más irracional. "¡Es que tenemos que contárselo!". Contemos, entonces.
¿Cómo fue?
María Luisa Gutiérrez y Mercedes Gamero, las productoras, me llamaron para contarme que hubo una chica infiltrada en ETA durante ocho años. Yo no tenía ni idea de esa historia y me sorprendió que la mayoría de gente tampoco. Era un suceso muy desconocido. Sabíamos de otros infiltrados, pero nada acerca de ella. Entonces, me mandaron unos informes maravillosos que había preparado Pablo Muñoz, el periodista.
¿Qué decían esos informes?
Pablo llevaba años investigando, hablando con el operativo de policías e incluso con el agente que lideró la operación, el conocido como “inhumano”. No podía parar de leer. Me decía a mí misma: “¡Este es el thriller de mi vida!”. Llamé a Carolina Yuste [la actriz que hace de infiltrada] y le conté la historia. Sin ver el guion, porque no tenía nada escrito todavía, me dijo: “¡Vamos!”.
Para mí, dirigir esta película ha sido una revisitación del País Vasco de mi infancia, de toda esa época… Esa pesadez, ese ambiente cargado y plomizo, las caras de los etarras en las calles… Tuve que volver a sumergirme en todo eso.
Usted tenía una mochila de vivencias muy intensa por haber vivido en la Euskadi de los años del plomo, pero faltaba la investigación concreta: la historia de la infiltrada. Supongo que no es sencillo porque, por el hecho de ser infiltrada, no dejaría apenas rastro.
Sobre todo porque, al haber sido una operación alegal, se borraba cualquier rastro. Se iba destruyendo el material que producía la infiltración. Oficialmente, no había nada. Sólo tenía los informes de Pablo y sus contactos. Eso me permitió hablar con los policías que trabajaron con la infiltrada. Con aquellos que estaban al otro lado de las escuchas del piso de la calle Urbieta. Ese testimonio era clave para conocer de primera mano el comportamiento de ella.
Por ejemplo, el personaje que interpreta Nausicaa Bonnín fue así en realidad: una policía que estuvo embarazada durante el operativo. Ella me contó su visión de la infiltrada: sus emociones, su forma de reaccionar, su evolución, su relación con los terroristas.
¿Intentó hablar directamente con la infiltrada?
Sí. Y como buena infiltrada, no contestó [sonríe].
¿Sigue sin dar señales? A usted le consta que le llegó el guion, pero no sabe si ha visto la película.
No tengo ni idea, pero supongo que la habrá visto. Además, ahora que está en Movistar… seguro. Cuando Amelia Mora y yo escribíamos el guion, nos imaginábamos a una chavala de 22 años, que es lo que era. Una chavala de 22 años con sus inquietudes, sus ilusiones, sus deseos, sus frustraciones, su lucha por la vida… Esa fractura repentina de la relación con el exterior. La interlocución única con tu superior, que además te dobla la edad… Tenía vértigo a que ella contestara: “Esa que habéis escrito no soy yo”. Pero guardó silencio. Es una infiltrada buenísima.
A lo largo del proceso de investigación, supongo, prima ese intento de comprender las fuerzas motrices de aquella mujer. Una pregunta está por encima de todas las demás: por qué lo hizo, qué la movía. Por qué renunció de golpe, en el mejor momento de la vida, a su familia, a sus amigos. A todo.
Esa era mi gran duda cuando escribía: ¿cuál es la motivación para hacer algo así? Amelia y yo le dábamos vueltas y vueltas. Era tan difícil de explicar que, en una primera versión de guion, para justificar esa motivación nos inventamos que había visto un atentado de pequeña. Pero dijimos: “No, no puede ser. Eso es mentira”. Y seguimos con el desafío de intentar averiguar qué le movía realmente.
¿Qué conclusión alcanzaron?
Entrevistamos a muchos policías que estuvieron en el País Vasco en aquella época. Les preguntábamos: “¿Por qué os quedasteis?”. Porque todos, pasado cierto tiempo, tenían la posibilidad de marcharse. Pero muchísimos se quedaban. Uno de ellos nos contó que, a la semana de llegar, hubo un atentado. Él era súper novato y, de pronto, se vio andando por una acera, pisando restos humanos sin querer. Dijo: “Yo no me puedo ir de aquí. Hay que parar esto”.
Es una motivación que quizá usted y yo no podamos llegar a comprender. Va más allá de uno mismo: es algo parecido a lo del bombero que entra en un edificio en llamas viendo que está en llamas porque sabe que alguien se está quemando dentro. Yo soy una cobarde y por eso no podía entenderlo.
Además, se infiltró sabiendo que podía morir y que, si triunfaba, tampoco habría sabido nadie de su éxito, como así fue. Es decir: debemos descartar el ego o la necesidad de reconocimiento como motivaciones.
Sí, eso procuramos dejarlo claro en una de las primeras secuencias. "Si fallas, morirás y no tendrás un funeral de Estado. Si aciertas, no habrá ningún tipo de reconocimiento". Entonces, ¡qué es lo que te mueve!
Patriotismo, generosidad, bien común... ¿Una mezcla?
En aquella época, cuando encendías la televisión por las mañanas, todos los días te encontrabas con una víctima. Eran imágenes muy rotundas. En ese tiempo, no se censuraba el dolor en la tele. Recuerdo cómo me impactó el atentado que dejó sin piernas a Irene Villa. La veo sin piernas en medio de la calle. Si amas tu profesión y ves algo así, supongo que piensas: “¿Qué puedo hacer para frenar esto?”.
"La infiltrada es honestidad en estado puro. Al terminar el operativo, pudo pedir cualquier cosa, pero quiso seguir trabajando de policía"
Hay una escena que no sale en la película porque pertenece al después, pero que es fundamental para describir a la infiltrada. Cuando, después de la operación, la reciben en el Ministerio del Interior y le dicen: “Pide lo que quieras”. Ella sólo pide un Ford Fiesta blanco y volver a trabajar. En realidad, no pidió nada porque el coche se lo podría haber comprado con su crecimiento en la profesión de no haberse infiltrado.
Ese dato define completamente al personaje. Es la honestidad en estado puro. Pudo cambiar de vida, pudo pedir cualquier cosa, y quiso seguir siendo policía. Ni siquiera quiso escalar y ponerse al frente de una jefatura o algo así. Hoy sigue en activo, pero está fuera de España.
La admiro un montón, pero todos, al conocer la historia, tendemos a pensar en algún momento: “Es una chavala de 22 años. No debería estar haciendo algo así. Va a acabar con un tiro en la nuca”. Estás todo el rato mirándola y diciendo: “Que no le pase nada, que no le pase nada, que no le pase nada”.
Creo que la infiltrada era gogó en una discoteca, pero eso no aparece en el guion. ¿Por qué?
Su sueldo de policía iba a una cuenta con su nombre verdadero y no podía acceder a ella para no levantar sospechas. Entonces, tenía que trabajar para sobrevivir. Trabajó en una joyería, como gogó en una discoteca, en la carnicería, en la herriko taberna… Y luego, cuanto más tiempo compartía en el piso con los terroristas, más ponía en riesgo su vida. Así que se apuntó a un montón de cosas para estar fuera de casa mucho rato: hacía submarinismo, daba clases de tango…
De entre sus trabajos, nos quedamos con el de la pollería porque reflejar ese ambiente de la calle era muy importante. Cómo afectaba socialmente ETA: ese silencio, ese miedo… Y también la herriko taberna, para reflejar el mundo abertzale. Eran muchos trabajos, no nos cabían todos; corríamos el riesgo de que no se entendiera bien el guion.
En la película, aparece ese deseo de los infiltrados de seguir siéndolo para siempre. Esa incapacidad para regresar a su vida anterior.
Carolina Yuste siempre me dice: “La segunda parte de ‘La Infiltrada’ debería empezar con ella abriendo la puerta de su casa y preguntándose quién es”. Qué dice a su familia después de tantas mentiras, qué pasa con los amigos perdidos de San Sebastián…
Nos contaron una cosa que no sé si es cierta: al parecer, “el inhumano”, su jefe, la volvió a llamar para infiltrarse un par de años después. No en ETA, sino en el narcotráfico. Según los informes de Pablo, ella contestó: “Déjame pensármelo”. ¡Déjame pensármelo! “El inhumano”, en ese lapso de tiempo, al darse cuenta, cambió de opinión y le retiró el ofrecimiento.
Se podría rodar una segunda parte con ese regreso tan fascinante y peligroso de la infiltrada a las herriko tabernas fingiendo indignación y preocupación por las detenciones para no levantar sospechas.
Sí, estuvo un par de meses por allí y luego ya se fue. Le contaré algo que no metimos en la peli porque parecía de ciencia ficción, pero que sí ocurrió en realidad. En el juicio a Sergio Polo, la jueza tuvo que llamar a declarar a Arantxa, a “Aránzazu Berradre”. Porque, claro, ella, en teoría, era parte de ETA y había compartido el piso con Polo y Kepa Etxebarria.
Por supuesto, no asistió. Se dio la orden de busca y captura para encontrar a la etarra que faltaba. Había un periodista de la izquierda abertzale al que le pareció raro. Unió eso con lo del gato y… encontró la verdad.
Explique lo del gato, por favor.
Ella tenía mucho cariño a su gato, que vivía con el comando en el piso. Tras las detenciones, pidió a la policía que lo recuperaran. Los etarras se enteraron. Unieron dos más dos y… supieron que fue una infiltrada. Aquel periodista viajó a Logroño, a la casa de los padres de Arantxa, llamó a la puerta, habló con ellos… La foto de Arantxa salió en la portada de aquella revista abertzale. Es la única foto que existe de ella. También publicaron la dirección de la familia. Muy fuerte.
¿Qué hizo la familia para protegerse?
Creo que los realojaron en otro sitio a la espera de ver qué pasaba. La historia de la infiltrada no sólo tocó a Arantxa, sino a todo su entorno.
¿Llegó a usted a hablar con la familia?
Ni siquiera lo intenté. Ella no contestó cuando se lo propusimos; quisimos respetar su silencio. No me parecía ético ir a su espalda a intentar hablar con la familia.
¿Qué le diría a ella? ¿Qué le preguntaría si la tuviera delante?
Uf, le preguntaría millones de cosas. Todas esas dudas que hemos tenido escribiendo el guion. Creo que centraría la conversación en la motivación, en eso que hemos intentado analizar antes. Hombre, también le preguntaría qué le ha parecido la peli [se parte de risa].
También me interesa mucho la conexión con “el inhumano”; al fin y al cabo, su única conexión real con el mundo durante tantos años. Y quizá hablaría también de la desubicación posterior.

Arantxa Echevarría ganó el Goya a mejor directora novel con "Carmen y Lola".
Con quien sí mantuvo conversaciones durante la escritura del guion fue con el jefe de la infiltrada, el policía conocido como “el inhumano”. Es una relación muy compleja la que tenían ellos dos, trufada de amor y maltrato al mismo tiempo. Él si ha dicho sentirse reflejado por la película.
Tenían una relación muy especial y muy compleja. Él era la única persona con la que Arantxa no tenía que fingir. Pero también tenía que fingir algo porque era su superior. Tenía que esconder sus debilidades y remarcar sus avances. Para él, para “el inhumano”, lo más importante era la seguridad de ella. Estaba dispuesto a romper el operativo para protegerla.
Pero, claro, tenía que ayudarle a levantarse cuando estaba hundida y tenía que espabilarla cuando la notaba relajada. Cada segundo, la infiltrada se exponía a un tiro en la nuca. La relación era un equilibrio muy difícil entre el mimo y la bofetada. El vínculo era fortísimo porque los únicos ojos a través de los que veía la realidad Arantxa eran los de él: “¿Lo estaré haciendo bien? ¿Lo estaré haciendo mal?”. Sólo él podía responderle.
“El inhumano” me habló mucho del cariño y el orgullo que sentía por ella, pero también de esa improvisación tan inquietante. No existía un manual, una escuela, para saber cómo había que llevar a cabo una infiltración. Era improvisación pura y dura.
¿Y con los terroristas? ¿Intentó ponerse en contacto con ellos? ¿Sabe si han visto la película?
Lo intentamos con Kepa Etxebarria, que vive en Donosti y que ha cambiado de vida. Fue muy amable, correcto. Nos dijo que esta historia es una parte de su vida que no quiere compartir y menos para hacer una película sobre Arantxa. Si le soy sincera, con Sergio ni lo intenté.
¿Por qué?
Porque tiene delitos de sangre. Kepa tuvo la intención de matar, pero no mató. Además, Kepa está en libertad y Sergio Polo no. Creo en la reinserción como un principio fundamental de la democracia. Kepa ha pagado su condena. Y luego, además, Sergio Polo es una persona adusta, obtusa…
En la peli quedan claros esos rasgos violentos y psicopáticos.
Carmen Ladrón de Guevara, abogada de víctimas de ETA, coincidió con Sergio Polo en varios juicios. Tras ver la peli, me dijo: “Lo habéis captado muy bien”. Para mí, era importante remarcar que a los miembros de ETA militar les daban una consigna y descerrajaban un tiro en la nuca a alguien del que nada sabían. Para eso, ya tenía suficiente información. No me apetecía estar con él ni escuchar ese ideario que yo ya conocía. He visto el documental que hizo Évole sobre Ternera.
¿Y qué pensó?
No tiene ningún tipo de ideología política ni de lógica. Lo vi hablar y me provocó todavía más rechazo del que ya sentía. Necesitaba abstraerme un poco de eso para poder trazar los grises que requiere todo personaje. Con Kepa, por ejemplo, quería mostrar cómo un chaval cualquiera de aquella época iba a una manifa, recibía un par de porrazos, iba a otra manifa, se cabreaba todavía más y, de pronto, adoptaba esa postura: “O estás conmigo o contra mí”.
Quienes vivimos en aquella Euskadi teníamos siempre alguien así en la cuadrilla. Se convertían en bomboneros [los que quemaban cajeros y cubos de basura]. Con la mala suerte de que aparecía alguien y les decía: “¿Quieres ser algo más?”. Y de ahí pasaban a tener una pistola en la mano. Muchos de esos, hoy, miran atrás y dicen: “Qué barbaridad, ¿cómo pude hacer eso de joven?”.
Y luego está el perfil de Sergio Polo.
Exacto, esa parte dura de la ETA militar que justificaba asesinar diciendo aquella barbaridad de la “socialización del dolor”.
¿Por qué quiso empezar con el asesinato de Gregorio Ordóñez?
Quería empezar con un atentado muy conocido en Donosti. Y que fuera un civil, un político. Gregorio Ordóñez era queridísimo en la ciudad. Estaban a punto de celebrarse las elecciones municipales y tenía opciones de ser alcalde. ¡Imagínate lo que habría significado en aquel momento que San Sebastián hubiese tenido un alcalde del PP!
Era importante empezar con esa virulencia: a las tres de la tarde, en plena luz del día, en un restaurante tan conocido como La Cepa, a ojos de todo el mundo. Esa impunidad tan terrible de entrar ahí y pegar un tiro en la nuca creo que representaba mucho a esa ETA desesperada que ya no sabía por dónde salir. Matar civiles se había convertido en parte de su ideario.
Desde un primer momento, tuvo usted claro que lo importante era la memoria de las víctimas. Cuando escribía, se las imaginaba sentadas viendo la película.
Sí, totalmente. Era lo único que me obsesionaba en relación al qué dirán. Hay escenas incómodas sobre los piques entre Policía y Guardia Civil, sobre el machismo y la violencia de género en las fuerzas de seguridad del Estado… Pero es que eso eran los noventa. La gama de grises es muy necesaria en una película así. Pero yo nunca podría haber hecho una película que molestase a las víctimas.
Me parece estúpido que los políticos utilicen a ETA como arma arrojadiza. La memoria no es una cuestión política; es una cuestión de devolver a las víctimas su posición central. Recordemos, por ejemplo, que hay muchas que todavía no cobran ningún tipo de ayuda del Estado porque sus atentados ocurrieron antes de la ley de amnistía de 1977.
Se amnistió a muchos etarras, una buena cantidad de familias se quedaron sin juicio. Entonces, al no haber culpable, no hay ayuda del Estado. Esas son las cosas que me importan; no me importaba nada, en cambio, si la película gustaba más a la izquierda o a la derecha. Eso me daba igual. Yo pensaba en la hermana y en la viuda de Gregorio Ordóñez.
Entiendo que, si le obsesionaba que no se colara ni una migaja de blanqueamiento del terrorismo, es porque detecta que hoy hay parte de la sociedad que lo sigue blanqueando.
Estoy convencida de que ETA desapareció hace mucho tiempo. Vivimos en un Estado democrático, asumámoslo. A mí, lo que me molesta es que una película pueda reflejar heroicidad en un asesinato. Sobre todo, en un asesinato cometido en democracia.
Esa heroicidad es a lo que me refería: eso es blanquear el terrorismo.
Sí, sí. A lo que me refiero es que a mí me parece estupendo que Bildu esté en las instituciones y defienda desde ahí sus ideas. Me preocupa mucho la memoria de los jóvenes. No pueden estudiar a ETA porque las asignaturas no llegan hasta la Historia reciente de España. Ellos no han vivido eso de encender el telediario y ver cada día un atentado.
Hay chavales que juegan a ser malotes diciendo “Gora ETA”, pero no saben lo gordo que es decir eso. Me preocupa que puedan pensar que esto era como el IRA o una cosa así. Esto eran asesinatos a sangre fría sin ningún tipo de sentido.
¿Qué estamos haciendo mal en relación a las generaciones posteriores? ¿Cómo es posible que una amplia mayoría de los jóvenes, según las encuestas, no sepa quién fue Miguel Ángel Blanco?
Estamos olvidando lo más cercano a nosotros. También pasa con la Guerra Civil, la República, el franquismo… A mis hijos les digo: “¿Sabéis que durante cuarenta años las mujeres no podían tener una cuenta en el banco?”. Se quedan flipados. Los colegios, los institutos, tienen que hacer esa labor de explicación.
Fíjese, cuando hacemos un coloquio de la peli, son los jóvenes los que más levantan la mano para preguntar. Porque, claro, la peli no explica qué es ETA. Les aconsejo que lean Patria, que vean Maixabel… ¿Sabe? Levantan la mano y preguntan: “¿Era tan duro?”. Y les digo: “Sí, era muy duro”. No lo saben.

Arantxa Echevarría empezó a dirigir a los cincuenta "por miedo a arruinarse". Hoy, se considera una "privilegiada" por poder elegir proyectos.
Suele usted decir: “ETA también es Memoria Histórica”. Es una frase que lleva carga de profundidad. Tengo una sensación, sé que forma parte de una subjetividad abosluta, pero creo que con el franquismo no hay tanto desconocimiento. Los chavales saben que Franco fue un dictador que reprimió libertades durante cuarenta años. Con ETA, pese a ser algo más reciente, hay más desconocimiento.
Discrepo con usted. El otro día me vino uno de mis hijos del cole y me dijo: “Oye, me han contado que Franco era súper majo”. ¿Quién te ha dicho eso? “Otro del cole”. Nos hemos quedado en el tópico: “Franco fue una dictadura mala”. Pero es que hay mucho más que la gente joven debe saber. O los GAL, también hay mucho desconocimiento ahí… Deben saber también que existió el terrorismo de Estado.
¿Los GAL fueron el peor error de la Democracia? Es lo que todavía da hoy la excusa a la izquierda 'abertzale' para decir que hubo una guerra entre dos bandos. Y no fue así. No fue el Estado el que, apoyado por los ciudadanos, decidió asesinar. Fueron unos pocos que estaban ahí metidos y se tomaron la justicia por su mano.
Pensé exactamente eso cuando trascendió el GAL: “Joder, ahora les han dado la excusa perfecta”.
"Cuando trascendieron los GAL, pensé... Joder, le han dado a ETA la excusa perfecta"
La izquierda 'abertzale' ha hecho una campaña contra la película. ¿Es la prueba del éxito que ha logrado usted en homenajear la memoria de las víctimas?
Estoy al tanto pero, si le soy sincera, esperaba algo mucho más fuerte. Muchísimo más. Porque es una película donde no existe ninguna poética hacia la banda. Escribía, como decía antes, pensando en las víctimas. Hasta la gala de los Goya, cuando hubo más polémica, no había pasado prácticamente nada.
¿Lo más incómodo de la memoria de ETA es toda esa parte de la sociedad que calló por miedo o complicidad ante los asesinatos?
Es que había mucho miedo. La extorsión estaba en el día a día. Las caras de los etarras en blanco y negro, el silencio, el plomo… Un vecino abertzale y el de arriba policía. Era un ambiente muy complejo.
Nosotros vivíamos en Madrid y, cuando llegábamos a Bilbao, con la matrícula de Madrid, nos rayaban el coche entero. ¡Y mi aita ofendidísimo porque era de Amorebieta! Fue clave el secuestro de Miguel Ángel Blanco. Ahí se produjo una movilización brutal que vino a significar un “ya no podemos más”. La sociedad no podía más.
Esas movilizaciones fueron muy importantes y muy duras para ETA. De repente, en su cabeza, el enemigo ya no era la Guardia Civil, el Ejército o la Policía. Se habían convertido en enemigos los vecinos, los compañeros de trabajo, los hijos de los amigos… La sociedad en general.
Hay una escena de la película que refleja esa complicidad social, cuando el etarra Sergio Polo le dice a la infiltrada: “Hay más de cien tías deseando esconderme en su casa”.
Sí, pero fíjese: esa frase la metimos más para reflejar lo que era la vida de las mujeres dentro de ETA. Eran las serviles, las que ayudaban a los gudaris [soldados en euskera] a llegar a su destino final. Algunas incluso cruzaban la frontera a Francia para darles auxilio sexual. Era como decir: “Tú eres una de todas esas mujeres que se morirían por tener algo conmigo”.
El Festival de San Sebastián no quiso programar “La infiltrada”. Dijeron que lo hicieron por razones artísticas. ¿Se lo cree?
Sí. Aunque la película tiene un punto autoral, es más mainstream. El cine del Festival de San Sebastián suele ser más de autor, suele estar más en los márgenes. No les gustó y ya está. A mí me molesta y me duele porque me habría encantado estar.
Muchas veces discutimos sobre si ha llegado o no la normalidad a las calles del País Vasco y Navarra. ¿Cómo fue el rodaje? Tuvo que recrear escenarios, colocar pancartas… Pero, en realidad, hay muchas pancartas que permanecen. Recuerdo el verano pasado en Donosti, una pancarta enorme recorriendo parte de La Concha con las caras de los terroristas que decía: “No estamos todos”.
Tuvo usted mala suerte, creo que no es lo normal. Hemos pasado página. El País Vasco ya no tiene nada que ver con esa época. La San Sebastián de hoy es como cualquier ciudad europea, donde oyes hablar en japonés y te encuentras con Zara y Mango en cada esquina. ETA ha desaparecido para siempre.
Incluso fuimos a la herriko taberna para preguntarles si nos dejaban rodar. Nos dijeron que no, pero no hubo nada ofensivo ni tenso. Hemos rodado en la parte vieja, hemos rodado en Pasajes, donde gobierna Bildu. No hubo ningún problema durante el rodaje en general.
La película es también un homenaje a la Policía que, en contra de lo que dice la izquierda 'abertzale', no aparece idealizada. Es impactante la soledad que sufrían. Hay una frase que lo refleja, cuando se les ve decir: “Van a las manifestaciones de Miguel Ángel Blanco, pero no a nuestros funerales”.
Se jugaban la vida todos los días y no tenían ningún reconocimiento de la gente por la calle. Al contrario: si eras policía, te insultaban; muchos se cambiaban de acera. Era una soledad absoluta. Haberse quedado allí significaba mucho; eran de otra madera. Como Arantxa. ¡Y teniendo familia! Yo seguro que habría salido corriendo.

Arantxa Echevarría nació en Bilbao en 1968. Vivió la Euskadi de los años del plomo.
El discurso de la productora de la película, María Luisa Gutiérrez, en la gala de los Goya se viralizó por el homenaje a las víctimas de ETA y a las fuerzas de seguridad del Estado. ¿Nos hemos vuelto locos? ¿Cómo es posible que eso sea una novedad o una polémica en la gala del cine español?
Preferiría no entrar en polémicas… La película es para las víctimas. En eso, estoy totalmente de acuerdo con el discurso. Eso es lo más importante para nosotros: la generosidad y el amor de las víctimas ha sido vital para poder hacer la película.
Se lo pregunto de otra manera: ¿aquella polémica es el síntoma de que la gala de los Goya vive encerrada en una ideología determinada? Quiero decir: es normal, y es bueno que así sea, que un director o un actor suba al escenario y lance proclamas de izquierdas. Pero también debería serlo al revés, ¿no? ¿Por qué nunca hay alegatos de derechas?
Hablar de vivienda digna no lo veo como algo de izquierdas; también puede ser de derechas. Los artistas, que hemos sido llamados titiriteros, no solemos tener mucho dinero: somos autónomos, vivimos de que alguien, cada tres años, nos llame para hacer una película.
Los actores viven a expensas de una llamada. La mayoría vivimos con las carencias y las necesidades de la gente con menos dinero. No somos ricos en esta profesión. No creo que hablemos de cosas de izquierdas o de derechas. Escribimos, hacemos películas sobre las cosas que pasan. Hablamos de eso, de lo que nos toca. También le digo: el dinero no es que tenga una connotación política. Hay ideas que no se corresponden con el dinero que uno tiene.
Pero también hay directores y actores con mucho dinero en esas galas.
Son pocos. Yo ahora estoy haciendo una peli o una serie cada año y resulta excepcional. Soy una privilegiada, pero estuve sin dirigir hasta lo cincuenta para no arruinarme. La mayoría de los académicos son actores que van a castings y no les cogen. Son directores de cortos, sonidistas… Es más fácil que los académicos sean gente que pasa por apuros.
Por cerrar este asunto: entonces, no cree usted que haya un grupo de directores y actores de derechas invisibilizado, sino que realmente son menos en cantidad.
Seguro que los hay. Yo he conocido en este mundo a gente muy de izquierdas y a gente muy de derechas.
Hace poco rodó una película titulada “Políticamente incorrectos”, que es una caricatura de la izquierda y de la derecha. ¿Qué opinión le merece la política de hoy más allá de la comedia?
La política de hoy me parece aburrida. Echo de menos la dialéctica hábil, irónica, afilada. Que no todo sea insulto y jolgorio. Me parece que nos merecemos un gobierno mejor y una oposición mejor.
Me gustaría terminar hablando de cómo le ha cambiado la vida con el Goya a la mejor película. Aunque ya ganó otro a la mejor directora novel con “Carmen y Lola”. Decía que no dirigió hasta los cincuenta “por miedo a arruinarse”. Fue camarera y pitonisa. Cuando adivinaba el futuro de los demás, ¿cómo veía el suyo?
Ahora, por fin, con 57, hago películas y tengo capacidad para negociar, para pedir. Me siento bien, privilegiada. Después de ganar el Goya a la mejor película, te mandan nuevos proyectos. Eso es una maravilla. Antes nadie te conocía, era difícil que apostaran por una mujer para dirigir…
Empecé en esto del cine con 18, en calidad de meritoria, que no sé si existe en otros ámbitos: básicamente, trabajar gratis durante cuatro o cinco años para aprender la profesión. Pero, claro, tenía que pagarme el alquiler. Entonces, sí, hice de pitonisa en una convención de tejanos.
Explíquemelo, por favor. ¿Leyendo las manos y eso?
Sí, sí. Venían a España a una convención de ventas. En el recinto, había sitios donde se bailaba flamenco, donde se daba comida española y donde había una pitonisa… que era yo. Me extendía la mano el tejano y yo leía ahí encima todo lo que se me ocurría. Usaba la psicología más barata que había [suelta una carcajada].
Mi futuro lo veía oscuro porque el cine es difícil. Hay tanta gente que quiere dedicarse a esto… Pero era una vocación muy temprana, casi desde que tengo uso de razón. Iba pasando el tiempo y no lo lograba. Tenía la sensación de haberme fallado a mí misma. Que alguien, sin conocerte, te dé dos millones de euros siendo primeriza, mujer y desconocida… era tremendamente difícil.