Hasta la triste mañana de este lunes soleado de primavera muchos andábamos convencidos de que ya no existían mineros en Castilla y León. Que aquellos trabajadores de valentía y casco, de incertidumbre y rostro negro, de fortaleza y ruido, de manos y futuro gastados, de pancarta y olvido habían quedado para el recuerdo orgulloso de comarcas enteras que aun conservan las cicatrices en la tierra. Creíamos que ya no habría más abrazos angustiosos ante la profundidad más oscura ni esperas desesperadas mientras se prolonga un rescate en el que manda la montaña y apremia el tiempo. Asegurábamos que no volveríamos a ver ambulancias mudas esperando que las entrañas decidan devolver a padres, maridos, hijos y hermanos. La vida fuera y la muerte dentro.

Sin embargo la realidad, que siempre es más tozuda que las creencias, volvió a desmentirnos. Cinco mineros muertos y cuatro heridos, todos de Laciana y El Bierzo, es el trágico balance del accidente en la asturiana mina de Cerredo. No sabíamos que en Castilla y León no había minas, pero seguía habiendo mineros. La tierra tira, también la tierra dentro excavada en la roca, y estos hombres de históricas comarcas mineras leonesas quizá no tenían otro destino posible que las galerías aún activas en Asturias.

La mina se hereda, así fue durante un par de siglos y hasta hace un puñado de años en el norte de León y Palencia. Un oficio que trasformó el paisaje, la identidad, el ADN y hasta la forma de enfrentarse a la muerte de municipios enteros. La mina era a la vez prosperidad y condena, futuro y riesgo, luz y carbonilla. La mina fue quizás la mejor metáfora de lo que significa vivir. Esa lección la aprendían antes, a veces con extrema crudeza, las familias mineras.

Ayer muchos supimos que seguía habiendo mineros en Castilla y León y que puede que el oficio resurja de sus cenizas. La dolorosa reconversión pendiente de algunas de las comarcas mineras terminará siendo, después de tantos incumplimientos y despilfarros, reabrir las minas. Somos desastrosamente cíclicos. Así lo impulsa hoy la Unión Europea y el Plan de Acción de las Materias Primas Minerales 2025-2029 que anunció hace un mes el Gobierno.

Aunque, allá en la mina, los mineros ya no quemarán su vida arrancando negro carbón como cantó Victor Manuel. Ahora extraerán codiciadas “tierras raras”, que son los carbones del siglo XXI para la nueva revolución industrial que es la innovación tecnológica de los macroprocesadores de datos, los dispositivos móviles y las instalaciones renovables.

Las víctimas del accidente buscaban antracita y grafito. Minas, mineros y carbón, al fin y al cabo. Yacimientos finitos para impulsar unas cuantas décadas la economía de estos lugares que volverán a terminar en “marchas plateadas”(color del wolframio) y una lucha perdida antes de tiempo.

Esa es su manera de existir. Despiadada y prometedora. Tatuada en el paisaje. Tampoco tan distinta a la del resto. La vida fuera y la muerte esperando bajo tierra.