Las grandes historias comienzan en la vida cotidiana, en concreto, en ese territorio no concebido para el estruendo: la intimidad. Allí, albergamos nuestros mayores anhelos, nuestros mayores temores. También aquellos detalles sórdidos que nos recuerdan la naturaleza propia, el lugar del que venimos y, puede que, el lugar hacia el que nos dirigimos, especialmente, cuando uno no puede o quiere modificar las coordenadas que lo definen.

Esas grandes historias pueden ser grandes en el gozo, también en la amargura y en el dolor. El hallazgo de lo íntimo puede presentarse a través de un abrazo prolongado cuando un amigo atraviesa un mal momento, descubrir que ese gesto entre dos cuerpos define la condición de lo humano es un milagro posible al alcance de casi todos. Para la antropóloga Roanne van Voorst en esa intimidad compartida reside el progreso de la especie pues, para ella, la intimidad es fuente y manantial de lo humano porque es fuente y manantial del amor. «La intimidad con los demás está profundamente arraigada en nuestro ser: la necesitamos como grupo y como individuos». Un amor que es hacia el otro y hacia uno mismo.

Merece la pena centrar la atención en esa intimidad individual y la que aparece en comunidad para aprender a diferenciarlas. La intimidad es el mundo interior de una persona, un mundo que la define por la existencia dentro de ella misma y, por lo tanto, es un mundo irrepetible. En ese mundo se encuentran pensamientos, ilusiones, deseos, emociones, sentimientos, pasiones. La intimidad de un grupo o comunidad se apoya en la ética, en la lógica relacional que alimenta la biografía de lo humano. Saber que puedes coger de la mano a otra persona, en los malos momentos, es esencial para el progreso emocional de la humanidad. El ser humano se hace en comunidad y no desde la soledad de nuestras pantallas. Conviene no olvidarlo.

Sin embargo, el hallazgo mencionado también puede aparecer en el reverso de ese gesto, en la falta de nobleza que se suele justificar por la ausencia de moral, una ausencia que determina cómo nos estamos relacionando entre nosotros y qué tipo de vínculos estamos entablando en esta cuarta revolución industrial. Vivimos tiempos tan extraños que quienes defendemos la necesidad de un entramado moral somos puestos en evidencia. Vistos como parias ante un mundo de tecnología desenfrenada que, lejos de poner a las personas en el centro de este cambio, pone el dinero de unos pocos para que esos pocos puedan seguir teniendo todo.

Pensar que quienes nos solicitan ausentes de moral no lo hacen con la intención clara del adoctrinamiento es uno de nuestros mayores fracasos como sociedad. Pensar que con la ausencia de moral se vive mejor es el mayor triunfo de la barbarie.

Este reverso encuentra en las redes sociales un aliado (in)esperado en esta cosa contemporánea de la construcción de las identidades a través de narrativas que sólo apuestan por las individualidades y favorecen la construcción de lo impersonal. Narrativas que, por otro lado, destruyen el concepto de intimidad. En las redes, mostramos hogares, amigos, familia, hijos. Rara vez mostramos, en realidad, lo que somos, mostramos lo que deseamos ser. Versiones de uno mismo que sólo conceden espacio a la disociación contemporánea con la que (con)vivimos y a una naturaleza líquida que nos aleja de toda solidez relacional, intelectual y emocional. O, dicho de otro modo: la ideología devorando a la política.

Llegados a este punto de no retorno, se trata de revisar este concepto, o lo que quede de él, en nuestras vidas. Qué (nos) sucede cuando exhibimos esta intimidad. En qué nos convertimos cuando ese mundo irrepetible se convierte en algo deformado, poco fiel a sí mismo, para ser mostrado con un lenguaje nuevo como el de las redes sociales. A pesar de que todavía han de pasar varias generaciones para saber los efectos de este nuevo paradigma en nuestra subjetividad, hay un término que puede ser punto de partida: la extimidad.

El concepto de extimidad se refiere a la exhibición de la intimidad, un fenómeno gestado a comienzos de este siglo con la llegada de las redes sociales y las aplicaciones de citas y que encuentra en la definición de extimo, de Lacan, su reformulación contemporánea gracias al savoir faire de Eva Illouz.

Podemos seguir jugando a ser dioses. Cada uno desde su pantalla. Seguir jugando a ser quienes (no) somos. Tantas versiones de uno mismo como deseos se tengan. El gran triunfo de las redes sociales es habernos hecho creer que para estar en el mundo hay que ser en ellas quien no somos. Se trata, ahora, de averiguar dónde está aquello que realmente somos.