Ray Loriga. Foto: ©Diego Lafuente.

Ray Loriga. Foto: ©Diego Lafuente.

Novela

Ray Loriga rompe con las convenciones literarias actuales en 'TIM': un libro valiente y sin trama

Contra el presente gusto por la intriga policial o histórica, el autor publica una novela fuera de moda y muy personal, que busca reflexionar sobre la identidad.

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Ray Loriga (Madrid, 1967) pone como título de su nueva novela, TIM, el nombre en mayúsculas de su protagonista y narrador. El tal Tim, abreviatura mayestática de Timoteo, despierta en una habitación extraña y durante buen rato en duermevela no sabe dónde se encuentra. Duda si será la alcoba del hotel de uno de sus viajes, una miserable pensión, un hospital, un manicomio o una celda. Teme incluso que se trate de una tumba.

tim

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TIM

Ray Loriga

Alfaguara, 2025. 133 páginas. 17,95 €

La incertidumbre le dura mucho tiempo y en su acentuado proceso de disgregación mental titubea también sobre las circunstancias que le rodean: si está en el extranjero, si viaja hacinado en un submarino, si se halla enfermo, si flota en el espacio, etc., etc. Esta parafernalia de vivencias nos remite a un asunto que se convierte a la postre en el problema crucial del libro, la identidad.

Con la identidad, Loriga se trae un enmarañado juego. También se llaman Tim tanto el padre natural como el párroco y confesor del personaje. Por otra parte, este suscita recelos acerca de su personalidad al declarar que se inventó a Tim para echarle a Tim la culpa de todo. Además de este embrollo, el narrador se dirige a sí mismo en segunda persona de autorreproche, paso inicial de una duplicación que desemboca en el gran tema cortazariano, el doble.

No recuerdo otra novela que plantee con tanta contundencia y lleve tan lejos este asunto. Primero, Tim cuestiona la identidad: “no alcanzo a corroborar, ni siquiera a sospechar, quién soy o no soy”. Y acto seguido procede a diseminarse y hasta a negar el doble: “¿soy Tim el arrogante o su amigo el taimado? Y, aún peor, ¿y si no soy ninguno de esos dos?”.

Doy estos datos para visualizar el enredo cerebral que sobrelleva Tim. A partir de ellos se llega al meollo de la obra. Tim es una novela enclaustrada en la cabeza del personaje y sin desarrollo fuera, en el mundo. Todo lo que ocurre está en la mente del protagonista y solo se refiere a ello.

El mundo, sobre el que escasean noticias precisas de espacio y tiempo, queda fuera y nada más aparece de forma indirecta a través de los recuerdos de Tim. Lo único que existe ocurre en su cerebro, donde afloran experiencias psicológicas desconectadas de la realidad extramental.

Podría remitirse Loriga al pensamiento barroco de la vida es sueño, ya que una vez cita al calderoniano Segismundo. Pero no lo hace, sino que engarza con el sentimiento de soledad, sinsentido o extrañamiento tan vivo hace varios decenios. Su referente se halla en la trilogía de Samuel Beckett sobre Molloy, Malone y El innombrable. Como ocurre en el autor irlandés, del protagonista de TIM solo quedan su nombre y sus desajustes, y lo demás, la vida corriente, es una sombra.

Loriga ha escrito un relato fuera de moda y muy personal: de radical y excluyente intimismo, sin trama

Con estos mimbres, Ray Loriga ha escrito un relato fuera de moda y muy personal: de radical y excluyente intimismo, frente a la generalizada tendencia actual al testimonio; sin trama ni argumento, contra el presente gusto por la intriga policial o histórica. Y, además, valiente en su forma experimental.

No mantiene Loriga del todo, sin embargo, estos rasgos durante la novela entera. En su parte última toma el rumbo de una fábula de fanta-ficción. Al final, un Tim robótico queda al albur de ser apagado, borrado o reciclado. Sigue siendo la cuestión de la identidad su pivote, pero este quiebro le resta verdad a la densa problemática precedente.

Da la impresión de que hemos ido a parar a un juego. Aun así, TIM no deja de proyectarnos el tal vez más agudo de los interrogantes: qué y quién somos. Y lo hace, curiosamente, en el intransferible terreno de lo individual en estos tiempos en que se jalean mil identidades colectivas, pequeñas o grandes: nacionales, sexuales, profesionales...