
El abogado Paolo Borsellino, asesinado por la Cosa Nostra, en la fotografía que ilustra la portada de 'Quien tiene miedo muere a diario', de Giuseppe Ayala
Insultados, aislados y asesinados: la tragedia de los jueces sicilianos que sentaron a la mafia en el banquillo
Giuseppe Ayala, junto a Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, puso contra las cuerdas a Cosa Nostra en los años 80. En el libro 'Quien tiene miedo muere a diario' reconstruye aquel titánico desafío, que no les salió gratis.
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El fiscal Giuseppe Ayala (Caltasinetta, 1945) debería haber estado en el coche que se estrelló contra un muro de asfalto y arena levantado por el trinitrotolueno utilizado por la mafia para asesinar a Giovanni Falcone. El artefacto explotó décimas de segundo antes de que el vehículo del magistrado que tanto había golpeado a los ‘hombres de honor’ con sus concienzudas investigaciones se posara sobre él. De esa manera, en lugar de ser propulsado hacia las alturas, como el Dodge de Carrero Blanco, se topó contra el enorme farallón alzado en la autopista por la que circulaba en su camino del aeropuerto hacia Palermo.
Un imprevisto en el trabajo de Francesca (la mujer de Falcone, que también murió en el atentado) alteró el plan de volar juntos a la capital siciliana desde Roma, donde Ayala y Falcone estaban radicados entonces. Fue lo que salvó al espigado fiscal.
Aquello sucedió el 23 de mayo de 1992. Solo dos meses después la Cosa Nostra mataría a otro amigo fraternal suyo, Paolo Borsellino, también integrante del famoso pool antimafia, como llaman los italianos –tan dados a adoptar anglicismos– al equipo de jueces que en los 80 consiguió sentar en el banquillo a casi 500 mafiosos. Fue en el llamado Maxi Proceso, un macrojuicio sin precedentes en el combate contra el atávico entramado delictivo de Sicilia.

Quien tiene miedo muere a diario
Giuseppe Ayala
Traducción de David Paradela López
Gatopardo, 2025
267 páginas. 20,95 €
Ayala, apoyándose en la instrucción de Falcone y sus compañeros, coordinó la redacción de los ocho mil folios del escrito de acusación, un esfuerzo que recogió su cosecha en diciembre de 1987, dos años y 349 sesiones después del comienzo del proceso: la sentencia decretó 19 condenas a cadena perpetua y más de 2.665 años cárcel.
Nunca se lo perdonaron a aquellos valientes (adjetivo con el que nunca se sintieron cómodos) empeñados en que las leyes democráticas del Estado no se doblegasen ante la consuetudinaria cultura del favor de los gángsteres: tú me haces esto por aquí, yo te hago esto por allá.
Su audacia y firmeza no les salió precisamente gratis. Ayala, el domingo 19 julio, oyó un estruendo que le hizo saltar de la cama. Acto seguido, vio la nube negra que envolvía el edificio de diez plantas situado frente a su casa. Bajó a cerciorarse de lo que había pasado y lo asaltaron “imágenes que ningún ser humano debería contemplar”. En medio de la confusión, tropezó con un torso carbonizado. Era el de Paolo Borsellino, que ya tenía asumido que, tras el zarpazo a Falcone, no tardarían en ir a por él.
Dos muertes que engrosan la historia negra de Italia y que todavía generan pena y rabia, amén de muchas preguntas. Ayala arranca Quien tiene miedo muere a diario (Gatopardo) dejando constancia de su proximidad en la consumación de ambas.

Imagen del atentado en el que murieron Giovanni Falcone y su mujer, Francesca, en 1992, en la carretera del aeropuerto a la ciudad de Palermo
Prueba de que es un testigo privilegiado de aquel capítulo inspirador (por el coraje de unos servidores públicos ante un reto mayúsculo) y la vez desolador, porque a pesar del titánico trabajo judicial, y del alto coste en víctimas, la mafia sigue hoy en plena forma. Así lo atestigua Roberto Saviano, que publicó el año pasado una magnífica reconstrucción novelada de la peripecia de Falcone en las tripas del Palacio de Justicia de Palermo, Los valientes están solos (Anagrama).
El libro de Ayala, en la línea de otros firmados por magistrados transalpinos, como Italia oculta (Trotta) de Giuliano Turone, no es una novela. Es el testimonio directo de alguien que estuvo en el núcleo de los hechos, pero se lee como una novela, con el interés añadido de la consistencia técnica en el relato de las entretelas judiciales del Maxi Proceso. Un puerto al que se arribó en gran medida gracias a la capacidad de Falcone para torear a los pentiti (mafiosos arrepentidos que, usualmente por rencor, decidían cantar) y a algunas de sus intuiciones revolucionarias.
“Puede que la droga no deje rastro: el dinero, sin duda, sí”. Tocaba chercher l’argent. Y para eso desplegó una actividad viajera incesante, a fin de establecer un contacto presencial con magistrados de otros países claves en el tablero geoestratégico de la Cosa Nostra, lo que incrementó la eficacia en la obtención de información. De Turquía procedía la materia prima, en Italia se procesaba para hacerla apta al consumo, se vendía a Estados Unidos y los ingresos exorbitantes acababan en cuentas de Suiza.
Falcone (y Ayala, que hizo muchos de esos viajes con él) consiguió que los bancos helvéticos les facilitaran datos cruciales para atar cabos. En EE. UU. acabó moviéndose con mucha familiaridad. Entabló una estrecha amistad con Rudolph Giuliani, fiscal federal de Nueva York antes de encaramarse a la alcaldía de la ciudad. El FBI le llegó a dedicar un busto en su academia.

Giovanni Falcone y Giuseppe Ayala. Foto cedida por la editorial Gatopardo
Pero en Italia iban a degüello contra él. No fue profeta en su tierra, como lamenta Ayala en su crónica, escrita con ánimo de fijar la memoria de aquellos años para las generaciones venideras. En ella se hace eco de la campaña de acoso mediático que sufrieron los togados del pool, a la que se sumaron firmas como la de Leonardo Sciascia. El autor de El día de la lechuza les llamó, en las páginas del Corriere de la Sera, “profesionales de la antimafia”, citando el caso de Borsellino como ejemplo del impulso automático que recibían en sus carreras los que batallaban en este frente. Ayala concede a Sciascia que, en efecto, hubo muchos que se aprovecharon del ‘glamur’ antimafioso, pero que el ejemplo que puso fue “erróneo”. Le basta remitirse al torso requemado de Borsellino para invalidar sospechas de intereses espurios.
Añade, para ser justo con Sciascia, que luego este matizó mucho los razonamientos de aquel polémico artículo, tan explotado por sus rivales (políticos y periodistas con dudosas conexiones) para ponerlos en la picota. Y también trae a colación al escritor al manifestar la dificultad ancestral que tiene Palermo para sacudirse el fenómeno mafioso. “Es una ciudad irredimible”, llegó a afirmar Sciascia.
Impagables son asimismo las constantes referencias al Gatopardo de Lampedusa, al hilo –de nuevo– de esa imposibilidad de salvación de Sicilia, donde el pecado que jamás se indulta es específicamente uno: actuar. Ayala, Falcone, Borsellino y compañía incurrieron en esa transgresión, además, con un agravante: querían cambiar de veras la realidad para mejorarla. El cambio que proponían no era cosmético, sino estructural. Lo dicho: imperdonable.